UNA ZORRA EN EL GALLINERO

“En este mundo señores, nadie sin cagar se escapa. Caga el rico, caga el pobre y hasta el obispo y el Papa”.

Y diréis: ¿Por qué empieza esta el artículo así? Muy fácil: Estoy cansada de tanta moralina victoriana, de tanto valor judeo-cristiano y de tanto etiquetado gratuito. Si homo homini lupus, te digo yo a ti que la mujer es una zorra.

Me invitaron no hace mucho, a un evento feminista a que leyera algo de mi obra (hago un inciso para decir: “si sabes cómo me pongo, pa que me invitas”). Mucho violeta, mucha propaganda electoral y mucha intolerancia soterrada…ya sabéis.

Yo no tenía nada preparado porque no soy de discursitos ni peroratas soporíferas. Mis lecturas, ya lo sabréis si habéis estado en alguna, se parecen más al “Club de la comedia” que a lo que se considera un evento serio, sesudo e intelectualoide. En mi defensa esgrimo que la cultura, la mucha o la poca, debe entrar suave suave, como con vaselina y, no sé por qué nos empeñamos en hacerla aburridísima y nada accesible. Como si pretendiéramos crear un club elitista en el que los escritores tuviéramos inoculado un enema de supremacía. Y no.

El caso es que mientras repasaba las hojas de “El enjambre” en busca de un capítulo donde, más o menos, lloviera a gusto de todos, como si de una sala de espera de hospital se tratara, anunciaron mi nombre por megafonía y en la página que estaba pasando en ese momento apareció el sugerente título “Medusas y me dije: “Pues este mismo va a caer”.

Mientras me acercaba al estrado, ya barruntaba yo, que aquello no iba a acabar bien.  Me iba acordando de fragmentos del artículo elegido y era probable que hubiera linchamiento. Una zorra se había colado en el gallinero. Tragué saliva y al alzar la vista el escenario me pareció un patíbulo y los cables que colgaban, las sogas para mi cuello. Empero, ya no había vuelta atrás.

Pese a no ser yo polémica y crítica con individualismos (es decir, de nombre, apellidos y dedo acusador) pero si muy ácida en cuanto a colectivos por el encorsetamiento mental y sesgo supino del libre albedrío, resulta que la lectura escogida trataba sobre eslóganes manidos, la tendencia del humano a esa laxitud cómoda y el avispamiento hipócrita de unos pocos que aprovechan el tirón mediático para hacer negocio y “empoderamiento” con que unos y otras se dotan a sí mismos por ciencia infusa sin entregar nada a cambio. Grosso modo.

Obviamente, el auditorio no estaba por la labor de aplaudir al término de la lectura. Yo, desde el atril, miraba sus caras de circunstancia intentando aguantar una risa que pugnaba por aflorar. Ellos preguntándose se eso había sido un vacile o, a lo mejor, es que lo habían entendido mal y debían interpretar. No podía tomarse de manera literal lo que acababan de oír porque sería inaudito, un despropósito a escala estratosférica, una desfachatez por parte de las autoridades competentes ¿expertas? en materia de feminismo… ¿Quién coño había invitado a esa petarda a leer? ¿Y cómo había osado la misma interfecta en posar para la exposición de fotografía ad hoc con semejante indumentaria? ¡¡Pero qué manera de cosificar!! ¡¡Enseñando muslo, enseñando escote!! Con un libro en las manos; su libro, pero ¡Qué más daba eso, cuando mostraba impúdicamente las carnes de esa manera tan escandalosa!

Todo esto pensaban desde sus butacas como en una mente común adoctrinada con el látigo invisible del conductismo más feroz: el de la estulticia.

Continuará…

El artículo citado en el texto, lo podéis leer en mi libro «El enjambre» (a la venta en amazon.es) o en este blog tecleando «Medusas» en la barra de búsqueda.

Besos, Petra

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