UNA ZORRA EN EL GALLINERO (II)

…Siguiendo el hilo del post anterior, donde nos habíamos quedado con un público sorprendido y cuestionando lo que acababan de escuchar –más como incrédulo que de acuerdo con lo dicho- y una ponente (yo) que declamaba impunemente sobre eslóganes manidos que, sorprendentemente, aún funcionaban y el poco criterio que se estilaba hoy en día, resulta que, casi acto seguido al bajarme del escenario, ocurrió algo que fue como reafirmar lo pronunciado con claridad prístina.

Entró en escena, de manera ampulosa y ¿empoderada?, una señora de edad con vestido negro intentando estilizar sus carnes prietas. Llevaba una banda de flores moradas desde el hombro a la cintura a modo de sufragista y, en el rostro, una amplia sonrisa pintada con un toque soberbio y condescendiente.

Ya en el atril, desenvainó como un espada, sus “papelitos” como ella los llamó y se calzó unas gafas, de presbicia barrunto.

Yo, camuflada entre el público, donde algunas miradas con curiosidad aviesa me empequeñecían en el asiento, me relamía casi los labios esperando oír algo rompedor, más singular e insólito que lo oído hasta ahora, fuera de todos los prejuicios y de todos los organigramas tan en boga, tan cansinos, tan vulgares y ridículos…

Mi gozo en un pozo señor@s: Cuando la buena señora, después de leer un poema pobre de propio acuño, se lanzó a declamar un “manifiesto feminista” que pareciera redactado a modo de ejercicio escolar donde, dado al alumno un grupo de palabras, este debiera hacer una composición con más o menos coherencia, mi ánimo se desinfló con un “bluuufff” casi sonoro.

Y el auditorio, donde Venus mandaba –todo hay que decirlo-, fue un fervor.

A cada vocablo esperado y expresado con devoción de cartón piedra, se levantaba un “¡Ole”, se arrancaba un aplauso o un “¡Bravo”! cortaba el aire viciado.

Yo, casi con envidia al principio por no haber tenido ni la más mínima atención o connivencia del público, al no someter mi discurso a las “palabras clave”, sólo escuchaba en mi mente restallar un látigo a cada expresión manida, a cada juramento, a cada dogma sin permiso de duda…

¿Cómo podía, siendo de la misma especie – ¡qué digo; de género! -, sentirme tan aislada? Seguramente sería víctima de una conspiración taimada pero convenientemente acertada para activar unos resortes más que jugosos.

Terminado el acto llegó la hora de las fotos, las palmaditas en la espalda, los baños de multitudes, los apoyos contradictorios, pero bien avenidos al cabo… ¡Qué sopor! ¡Qué aburrida y anodina manera de alienar a las huestes! Si, por lo menos, hubiera habido algo escandaloso, algo no tan al uso mediocre de siempre, alguna voz disonante… Ah, coño, ¡qué sí la hubo!

Me fui a la cafetería a vislumbrar la vida desde un culo de botella de San Miguel mientras cavilaba sobre lo acontecido, cuando me di cuenta que me encontraba totalmente sola “¿Dónde estaba todo el mundo?”

Con esto me despido, por el momento, de las cuestiones polémicas hasta más ver. Ya sabéis que yo soy más epicúrea que otra cosa.

Besos, Petra

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