SPLEEN

He abierto el portátil y una nube de polvo ha llegado en forma de volutas hasta mi nariz, haciéndome estornudar por enésima vez en la mañana. Es lo que tiene esta primavera, que después de puta, me toca poner la cama. Los niveles de pólenes no perdonan y ando yo como perro famélico en busca de un poco de aire.

Por dónde empezar a meterle mano a esto…

Como una adolescente que se enfrenta a ese momento impostergable de agarrar su primer pene, así me entregaré yo a toda esta serie de catastróficas desdichas (y no sólo por parte del coronavirus): Con nervios, cautela y, a la vez, con ganas de empezar a saborear el momento.

Básicamente llevo dos meses pensando. Lo cual, aunque parezca que no es trabajo porque no tiene resultados digamos, materiales –físicos, monetarios, sexuales…- , es la base sobre la que se construye, o debería, la sociedad.

Los ociosos, en este caso por imposición, podemos dedicarnos a ordenar y limpiar hasta dejar las estancias como patenas, cultivar el físico llegando al apretamiento supino de carnes, hacer sesiones maratonianas de Netflix o pasarnos los días embadurnados de harina haciendo pasteles al por mayor. Prácticamente a eso se ha reducido el trabajo del grueso de la población española. Algunos dirán: ¡Oiga, que yo he hecho voluntariado! ¡Qué yo hago teletrabajo! Que sí, que los hay, al igual que hay madres aburridas que entran en pánico ante el abismo insondable y desconocido del excelso arte de no hacer nada, y necesitan llenar el espacio con cosas:  lo mismo te suben un video para manualidades con niños, yoga con niños, planificación de un menú semanal para familias con niños… ¡Pobres niños! Ni en cuarentena dejan los padres de volcar sus frustraciones y carencias en ellos.

Yo, la verdad, me aburrí de aplaudir, ordenar los armarios y hacer menús de estrella Michelín a la semana de decretado el estado de alarma. A partir del 23 de marzo aproximadamente, me dedique a perfeccionar la maravillosa técnica de la observancia, la contemplación. Sin entrar en aspavientos espirituales ni holísticos, ni ejercicios de contrición para perdonar mis faltas, ni encontrarme a mí misma en un repliego de acercarme a besar mi ombligo. Sólo me puse los anteojos de observar a la humanidad.

El humano siempre es fascinante: sus comportamientos en masa, sus actuaciones individuales, sus resortes, sus odios, sus perversiones a duras penas ocultas… ¡impagable! Cada vez entiendo más a esos místicos que se entregaban a la vida contemplativa. Sólo que ellos buscaban acercarse a lo divino en una imitación a Dios y yo, me quiero refocilar en lo humano. Un “Tour de force” entre el idealismo y el nihilismo. Ambos extremos (como siempre) acaban agarrándose fuerte al mismo clavo ardiendo.

En tiempos de crisis, todo se evidencia más. Salen lo mejor y lo peor de cada casa. Y, ojo, que puede haber sorpresas…

Siempre he sido de la opinión de que tanto la bondad como la mezquindad no dependen de la personalidad, la educación o la moral sino del contexto.  El mito del “buen salvaje” se ve abocado al fracaso en tanto en cuanto el conquistador y enemigo son la muerte y la enfermedad. La violencia sistémica de la que adolece la sociedad no depende tanto de lo material y racional, obedece, más bien a un estado de catarsis, mediática en este caso, donde unos y otros (otros y unos) se lanzan ostracas, se escupen a la cara con rabia pretendiendo aún no sé muy bien qué paliar: ¿La muerte? ¿la miseria? ¿la crisis económica?

Me sorprendo en la abstracción constante del conductismo exacerbado al que nos sometemos dando gracias. ¿Cómo es posible que, sin ejercer violencia alguna contra nosotros, seamos como ese “buen salvaje”, pueril y afable, listo para pasar por el torno y convertirlo en un diamante perfecto en todas sus aristas? Una vez entrados en el asunto del convencimiento incuestionable, somos capaces de casi cualquier cosa en situaciones normales, imagínate con pandemia de por medio.

Los dioses deben estar pasándolo pipa con este culebrón lleno de gritones y faltones que se está desarrollando aquí abajo. Cuando ya pensaban que la telenovela de la vida se iba a cancelar por falta de audiencia, va la naturaleza y se marca este giro argumental sacado de la manga para solaz de los etéreos televidentes.

 

¿O creíais que os ibais a librar de mí? ¿Que la pandemia me había hecho recular? ¡De eso nada, monada!!

Abrazo fuerte y a cuidarse.

Petra

P.S. Para los que no lo sepáis, ya está disponible mi tercer libro «La mujer menguante». En las mejores librerías de España. A ver si me deslío y pongo enlace en la página.

 

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