LA TÉCNICA

Al principio de la película “2001, una odisea en el espacio”, que es del 68, hay una escena donde un grupo de primates, chimpancés creo, están a la sopa boba. De entre todos los ociosos, hay uno que recoge, como quien no quiere la cosa, un hueso y juega con él. Lo mueve, golpea, lo observa…se percata de que puede tener una aplicación práctica: ahí nace la técnica.

Desde los albores de la humanidad, el hombre se ha valido de la técnica para la dominación del medio. A través de sus prestaciones –descubrimiento y desarrollo de las mismas- unos sujetos se han impuesto a otros por destacar en algún aspecto, ya fuera la fuerza bruta (ahora está muy cuestionada, pero antaño los “jefes” de cualquier grupo la evidenciaban para alzarse con el poder), ya fuera la inteligencia que destacara por encima de la masa. Y sí, digo bien: MASA. En estos tiempos de corrección política supina, donde hay que coser la comisura para dejar sólo un huequito pequeño para poder hablar, decir que la gran mayoría somos “masa” es ofender a un montón de mujeres y hombres “empoderados” cuyo único poder, parece ser, es haber nacido. Pero centrémonos que me extrapolo…

La mediocridad es plausible y necesaria desde el punto de vista humano. Si no existiera, no habría elementos discordantes o que despuntaran porque, simplemente, no destacarían.

La técnica, como especialización de lo artesano, deriva en un empirismo que nos lleva hasta la revolución industrial y sus consecuencias: alienación del hombre.

Podría parecer que, a mayor desarrollo técnico, mayor uso del mismo a favor de una reducción de la jornada laboral, más rapidez en los trabajos penosos y groseros y hasta un uso más óptimo de infraestructuras y administraciones. Lo que conllevaría una mejora en la calidad de vida y un bienestar social en conjunto. No es así. La técnica, como Saturno devorando a sus hijos, es implacable en el uso y abuso de la misma, hasta convertir al ser humano en un esclavo moderno convencido de su estatus de hombre libre.

Mientras tanto, y en el sentido liberal, las estribaciones de la máquina de vapor siguen fabricando hijos que consumen a mansalva para así retroalimentar el monstruo. A más consumo, más esclavitud proporcionalmente.

Lejos de consumir el objeto fabricado por el artesano y mantener el mismo con reparaciones, el mecanismo expendedor de esclavos, se encarga de crear necesidades que adoptamos de buena gana. No queremos nada usado, nada antiguo, nada que no contenga las máximas prestaciones, aunque sea por encima de nuestras habilidades. Así nace la “obsolescencia programada”.

¿Quién gana en todo este entramado social? Obviamente, quien controle los flujos.

La dominación sobre la economía del individuo hace que los resortes de la sociedad se jerarquicen y se evidencien las clases. Se produce una ruptura social en que, como el agua y el aceite, no se mezclan entre sí esclavos y esclavistas. Los primeros formando una masa informe que trabaja penosamente al servicio de la técnica y consume para llenar las arcas de los segundos, que, a su vez, se encargan de crear entornos más apartados y exclusivos donde, al tener cubiertas las necesidades primarias y solventadas las intelectuales y culturales, se ven liberados para algo tan simple y tan complejo como es: pensar.

Sí, ambos conceptos no son excluyentes. A buen entendedor, pocas palabras bastan…

Besos, Petra

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