HAVE YOU EVER SEEN THE RAIN

En los días lluviosos las ciudades se embriagan de un aire casi místico. Los viandantes van solitarios y taciturnos por las aceras que, esta vez, refulgen con el gris del cemento donde las cacas de perro mojadas parecen más un adorno que una molestia. Adquieren casi consistencia de “mouse” y aspecto de pulcritud.

En un sucio charco con una pátina de aceite, se reflejan, tornasolados, todos los colores del arcoíris hasta que un BMW pasa a toda velocidad, destruyendo sin miramientos el pequeño milagro y salpicando a una señora que arrastra un carro de la compra. Esta le lanza un montón de improperios como de otra época (la suya, supongo). Al conductor no le importa. Va dentro de su bólido con asientos de rechinante cuero beige, confortable y engreído mientras una sensual voz de mujer computarizada le dice que está recibiendo una llamada del 6…5…2…7…7…5…8…9…2. Lleva una mano apoyada en el volante por donde, debajo de la manga, asoma la esfera dorada de un reloj, la otra manipula la entrepierna para ajustar el calzoncillo que, se ve que después de las vacaciones, le han engordado hasta los huevos. Al pensarlo, cacarea una carcajada.

Los días de lluvia se hacen cosas distintas a los demás días.

La luz tamizada que entra por las ventanas dota los hogares de un aire de misterio, Los reflejos son suaves sobre la superficie de los muebles y las sombras funden sus bordes haciendo difícil discernir donde acaban. Las gotas repiquetean contra las superficies mohosas de las calefacciones, monótonas zumban hasta que un goterón rompe, de vez en cuando, la cadencia.

Ojalá supiera como son los días de lluvia de veranos cálidos y húmedos donde se pasea el monzón, o donde el agua se congela antes de tomar tierra convirtiéndose en copos de individualidad prístina…pero no lo sé. Sé que, en las ciudades, el olor de lluvia hace cosquillas en la nariz y en mi cabeza suena a jazz, aunque no me guste el jazz cuando, de noche, las luces de los coches se transforman en un espectáculo diferente.

En los arcenes se improvisan riachuelos que viajan vivarachos hasta las alcantarillas arrastrando la mugre de cientos de gentes que escupen, mean y sangran en los asfaltos, dejando durante estaciones enteras una mugre indeleble de su prepotente presencia, de su autoridad aquiescente.

Agua que viene a destilar la podredumbre de las ciudades. Limpia las paredes de los edificios, los bancos de los parques vacíos, limpia hasta los cubos rebosantes de basura que son, en las ciudades, la mayor, más fiable y ordenada manufactura. Cantidades ingentes de basura totalmente estandarizada, seleccionada y empaquetada por unos individuos convencidos de hacer lo correcto.

Llueve sobre las cabezas de las buenas personas y también de las malas, que los dioses quieren purgar los pecados sin hacer distinción desde los cielos nocturnos y anaranjados. Mojan las mejillas, corren las máscaras de pestañas en regueros alquitranados, decoran con circonitas los cristales de los miopes y, puede, que hasta disimulen unas lágrimas de desamor en el torrente ecuánime

Y cuando la oscuridad traga al fin todo resquicio de claridad glauco, te dormirás pensando que los relámpagos son flashes dirigidos a una estrella rutilante que hace una entrada triunfal. Contarás: 1, 2, 3…y sentirás como se desgrana la gran ovación. Tan grande que tiemblan los cristales y saltan las alarmas despavoridas.

Los días lluviosos están cargados de esperanza, de un querer que llegue el sol para añorar la melancolía reconfortante de los grises.

Ahora que sale el sol, yo hablo de la lluvia…

Besos, Petra

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