ENEMAS MENTALES

He empezado a tener esa clase de sueños. Esa especie de pesadilla ansiosa en la que se te pide, se te exige que fuerces la máquina creativa y no puedes satisfacer los deseos. Esa angustia en la que los quehaceres con los que disfrutas (en mi caso, escribir), se convierte en un trabajo hercúleo.

Soñaba anoche con un encargo literario fácil pero impuesto, con unos parámetros estipulados de antemano. “Chupado, me pongo a ello”. Coges papel y pluma (no me preguntéis porqué, pero se ve que Morfeo es un romántico). Lo intentas, lo intentas una y otra vez, pero nada sale. Plasmas una frase mala, malísima, paupérrima y eso da paso a un millón de entretenimientos de vital importancia: una orgía con miembros del parlamento (¡qué frase más adecuada!), Salvar a un niño que se ahoga en aguas turbulentas o verte envuelta en una multitud vociferante que arrasa y quema las calles…Y vuelves a tu hoja prístina, casi sin mácula a excepción de esa raquítica línea que, como una fila de hormigas, te desafía a que soples sobre ella y vuelvas a empezar… ¡Coño, y lo haces! ¡Qué maravilla soñar! Soplas los insectos que bailotean ante tus ojos y todo vuelve a quedar como al principio.

Y, como llegas embebida, pletórica de aventuras… “¡Ahora sí que sí!” Sabes que todas esas vivencias traerán un sinfín de historias, una verborrea incontenible que se volcará sobre el papel dibujando el relato definitivo.

Pero el tiempo se convierte casi en sustancia. Se desliza lento y pegajoso como el engrudo. El golpeteo del bolígrafo contra el bloc (los instrumentos han cambiado, cosas de lo onírico) se magnifica. Suena con un eco estremecedor: broooom, brooom…y, de pronto, eres el famoso escriba del antiguo Egipto que, sentado con las piernas cruzadas, recuerda que tiene que escribir algo importante, muy importante pero no recuerda qué. Se ahogan las palabras en su saliva, se agolpan en su garganta. Están ahí, justo en la puerta, pero no acaban de cruzar el umbral. Intentas deletrear, pero balbuceas, no piensas con claridad.

Aparecen las caras de decepción, los chasqueos de lengua y la condescendencia. Rostros que se derriten a tu alrededor mientras tú te preguntas cuando ha dejado de ser divertido. “Yo creía que…” “Se suponía…” “¿Puedes cambiar esa palabra…?” Las sombras alargadas de los adláteres caen sobre tí y son oscuras y untuosas. Te sientes tan abrumado que hasta vuelves a intentarlo una vez más. Te consumes como si te fuera la vida en ello. ¿Te va la vida en ello?

Lo mejor para preservar el arte es armarse de valor y desentenderse de condiciones y requisitos. No dejarse avasallar con estupendos estipendios que se acercan con sonrisa sibilina y un enema escondido a la espalda. Te tienden la diestra y en cuanto te distraes: ¡Zas! Ya te han incrustado en el cerebro la espita por donde salen a chorro vivo cantidades ingentes de ideas, sueños, planes, cuentos, historietas, diatribas varias, sentimientos primigenios…Todo es derramado por el suelo haciendo un charco donde chapotean sin compasión los mediocres.

Librarse, como quien se desprende del barro bajo la ducha, de eslóganes manidos es una recomendable medida higiénica. Cruza los brazos si es necesario. A veces la mejor forma de hacerlo todo es no hacer nada.

 

Espero seguir lo que promulgo y no caer en las garras de lo convencional. ¡Ayudadme!

Besos, Petra

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