EL MERCEDES BLANCO

“En un Mercedes blanco llegó, de lunares el pañuelo…”

Hoy, la verdad, no tengo ni pizca de ganas de escribir. Aquí estoy desde las ocho y media de la mañana sentada delante del ordenador y lo único que hecho de momento es: jugar tres partidas de Candy Crush, constatar que las chorradas de Facebook a finales del 2019 serán las mimas que las del principio del 2020 y cantar una y otra vez la canción de Kiko Veneno: “¡Qué pena de muchacho! / Le dicen la gente en los bares / Cuando juegan a las máquinas y recogen lo que les sale.” Paradigmático.

Y es que lo creáis o no, esto de escribir se parece más bien poco a la quinta esencia de lo sublime. Que los escritores se sienten elegantemente en sus sillones, y tras un breve interludio en el que crujen nudillos y respiran profundamente, los dedos vuelen prestos por el teclado tejidas todas las veces, todos los días y a todas las horas historias sin máculas, sin peros, perfectas en su redondez, “excelvillosas”, sólo pasa en las películas americanas. No es así, no funciona así. Y el que te diga: “Tú escribe, ya saldrá algo; lo importante es ponerse” ¡Y un mojón! Importante ¿para qué, para quién?

Luego, claro, están los defensores de la “escritura automática” o, lo que es peor, la “escritura terapéutica” ¿Acaso no todos los tipos de historias sanan? ¡Qué manía con querer poner nombre a todo!

No se trata de escribir por sistema. Amarrarse a una silla de 9 a 2, pretendiendo que, de entre toda la amalgama, salga algo digno de contar y desarrollar es lo más infructuoso del mundo. El arte sometido a un horario y una disciplina, deja de ser arte para convertirse en un trabajo. Y no es que yo tenga nada en contra del trabajo, pero en cuestiones elevadas, hay que respetar el albedrío a raja tabla.

Si hay que subyugar el talento y doblegarlo, hacer origami con la inspiración para encajarla dentro de un orden y un rigor, se encontrará como en una camisa de una talla que no es la suya: incomoda.

En la puerta de entrada de uno de los campos que componían el complejo de “Auschwitz” se puede leer aún el lema alemán “Arbeit macht frei” (El trabajo libera). Del millón trescientos mil de prisioneros que estaban allí, a un millón cien mil (aproximadamente el 90%), el trabajo agotador y extenuante, efectivamente los libero hacia un lugar mejor.

Salvando las distancias, me parece que, en las artes, sigue habiendo mucho oficio (en el mal sentido), mucho juguete magnificado y después abandonado en un rincón, tras haberlo estrujado hasta la hez.

Más nos valdría ser honestos y asumir que no se es más trabajador o más escritor por escribir un número de páginas al día. Que la guerra fría entre los novelistas y los poetas, no es más que cosa de egos. Que el microcuento de Augusto Monterroso: “Cuando despertó el dinosaurio aún estaba allí” es narrativa y que “La Divina Comedia” de Dante Alighieri es un extenso poema.

Relajad la raja que estáis muy tensos. Que hay que escribir cuando salga del alma (por no poner otra expresión más significativa pero menos bonita).

Yo, durante un breve lapso de tiempo, me vi asediada a producir letras como si de una churrería de palabras se tratara. Mu puse manos a la obra con tesón y buena fe mientras que, a mis espaldas oía lejano, pero constante, un latigo restallar y unas voces que me instaban sin cesar a no levantar la cabeza: “¡A trabajar, a trabajar!” decían. Y yo me entregaba con ardores renovados cada mañana a la labor de rellenar páginas y páginas a requerimiento de unos negreros que me conminaban a seguir a pesar de las explicaciones por mi parte.

Afortunadamente quiso un ente superior que bajo del, llamémosle Cielo, Olimpo, Éter, o como queráis, darme un toquecito en el hombro (aunque más bien fue un collejón que me incrustó los dientes entre las teclas) y traerme de vuelta a mi estado natural: la ociosidad, la bohemia. Y, sí, ese es el estado idóneo de la creación artística. Siento comunicaros que la gandulería es el campo de cultivo donde se forjan las mejores historias. Si nos empeñamos en atiborrar nuestras mentes, en agobiarnos porque no hay producción, ¿cómo vamos a ver más allá si estamos tan ocupadísimos? ¿Nos os han dicho nunca que el aburrimiento es fantástico para la creatividad? Pues eso.

Y por si no os veo: Feliz Año Nuevo, buenas noches y buena suerte.

Besos,

Petra

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