DE PALITOS DE CANELA Y OTROS EPÍTETOS

Cuando un escritor –y digo escritor porque hablo desde la experiencia propia, pero podría extrapolarse a cualquier creador- escribe una obra, desde que sale de su mente y se traduce en palabras hasta que llega a su fin último que es su lectura por parte de otros, se extiende una cadena con múltiples eslabones: creador, editorial, imprenta, distribuidora, librería…por citar lo más representativo. Entonces, y siento incidir una vez más sobre el tema -pero es que intento comprenderlo- cuando un “señor” (y digo señor a juzgar por lo que ven mis ojos y si la biología no me engaña que ya no se sabe) me envía una instantánea de sus partes pudendas sin mediar palabra, sin habernos tomado juntos un gazpacho ni haber por mi parte caída de ojos sutil pero inequívoca, ¿no faltan eslabones ahí? Quiero decir: entre una foto de mi persona con escote más o menos pronunciado acompañada de un texto de autoría propia, ¿dónde está la relación de causalidad? ¿Cómo puede ser que crean que lo que me gusta, mi máximo placer en la vida es llenarme la vista de penes erectos?

Vayamos al origen del asunto. (o intentémoslo mientras en el piso de abajo dan martillazos desde las ocho de la mañana lo cual, bien mirado, puede ser hasta poético dado el caso que nos ocupa). Volvamos una vez más a la imagen y su interpretación. El físico, el culto al cuerpo, el refocilo de un escote, el perderse en un canalillo como una sima insondable y misteriosa que quisiéramos explorar…Bueno, me centro.

Un homo sapiens-sapiens de género masculino y, supongo, heterosexual, visualiza la imagen.

Cadena de pensamientos que, digo yo, se desgranan en su neocortex:

  • ¡Qué chica tan mona! Y mira, sube fotos así, en plan “damelomíoylodemiprima”. Seguro que le va la marcha. Esa es una guarrilla pelirroja.
  • ¡Ya sé! Le voy a mandar una foto de mi pene y así aprovecho la erección mañanera. Fotón-pollón-pajote. Quien no tiene un combo en su vida es porque no lo busca.
  • Seguro que le va a encantar cuando la vea. No es que lo diga yo, pero la verdad es que bonita es un rato… ¿Cómo? ¿Pues no me ha bloqueado la tía imbécil? ¿Será calientapollas?

Llamadme reduccionista, pero, poniéndonos un poco Sherlock con sus famosos hilos de pensamientos inversos hasta llegar a la pulsión, no sé, algo se me escapa. Las frases y reacciones más cotidianas al respecto suelen ser del tipo: “¿Qué esperas si pones fotos tuyas?” “Son enfermos” “¡Oh, Dios mío, me disculpo en nombre de mi género, ¿follamos?” o, mi preferida “Si quieres vender libros no pongas tetas”.

Nadie dijo que en las luchas y los cambios de paradigma todo iban a ser tangas y gominolas. Yo me esperaba, obviamente, debates tensos, numerarios escandalizados, invitaciones sexuales o nulas incidencias con respecto al texto que, no olvidemos, acompaña cada foto, pero, lo que nunca me imaginé que entrara en la ecuación fueran POLLAS (bueno, algunas son pollitas, tampoco nos vengamos arriba).

Así que sigo en mis trece por ver si soy parte de la solución o parte del problema. Si alguien ha hecho alguna tesis, tesina o estudio científico de causa/efecto o, como desde un post en una red social se deduce que, como deferencia hacia mi persona, me manden instantáneas de miembros viriles, por favor que me lo pase y lo leeré con la atención y seriedad que se merece el tema. Porque, pensémoslo, el tema tiene su miga –y eso sin entrar en falocentrismos-.

Tirando de pulsiones, se podría deducir que es cierto que todo lo que hacemos en vida, los esfuerzos, las profesiones, los estatus, los billetes que tenemos o como vestimos, los poemas que escribimos o los libros que leemos están destinados a un único fin: el fornicio. Y oye, estoy de acuerdo a ciento por ciento, por cierto (hasta tengo un artículo sobre el tema que argumenta esa teoría) pero, lo que se me escapa sigue siendo ese hilo de pensamientos escueto o inexistente, ese fin para justificar los medios, ese “je ne sais quoi”. Porque hasta la fecha, y que los poderes sobrenaturales me sigan manteniendo así, aun confío en la inteligencia del humano y en los resortes que mueven sus comportamientos y decisiones.

Aunque he de decir que a veces la fe me flaquea, sí, me hace perder el equilibrio y caer en la cuenta de que somos abyectos y perversos, pero luego ocurre algo maravilloso y se me olvida.

Las labores de edición de «Muchedumbre» me tienen muy entretenida, pero sigo estando aquí mismo (como E.T.)

Besos

Petra

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