UN KILO DE LADRILLOS

“—Cierra los ojos y extiende las manos” —dijo Ricky.

Paqui cerro los ojos entre risitas nerviosas y alargó las manos con las palmas hacia arriba. Se oyó un trasteo de puertas y sobre las manos de Paqui, cayó un peso bastante considerable.

“—¿Qué es?” —dijo al abrir los ojos.

La pregunta era retorica porque ella ya había visto lo que era: Una bolsa de un kilo de ladrillos de gominola (sin pica-pica). Estallaron entonces las carcajadas y los abrazos.

Cuando se llega a ese nivel, en el que alguien se acuerda de lo mucho que te gustan ese tipo de chucherías y te trae un kilo, es que algo habrás hecho bien. Ni siquiera es algo impostado o dotado de un halo de majestuosidad y desapego, de esos que siempre piden reciprocidad o pleitesía, simplemente estaban en un estante del supermercado y se activó la chispa de la amistad, que es también amor incondicional.

Posiblemente, vea yo en esa bagatela, un hecho en el que tú no has reparado: esos pequeños ladrillos rojos y dulces (sin pica-pica) son una metáfora perfecta de un querer construido durante estaciones, durante años que se convirtieron en décadas. Como si cada pequeña gominola representara un recuerdo, una anécdota, una risa, un baile…Y tú no te has dado cuenta de la importancia del acto y eso te engrandece aún más.

Siempre que he escrito sobre Ricky me ha costado mucho esfuerzo y ha quedado algo edulcorado y vulgar que no le hace la mínima justicia. Vaya por delante, que el oficio de escritor no es óbice para adolecer de talento y las cosas más difíciles de describir siempre son las más cercanas. Como cuando a los sitios desconocidos y lejanos llegas con media hora de antelación, pero con los asiduos del día a día, vas apurando minutos confiado en llegar justo a tiempo.

Ella siempre dice: “me gusta ser mediocre, duermo mejor”. Sentencia que es mentira cochina y humildad supina, pues tiene arrebatos continuos de pura genialidad. No hay una sola célula en su cuerpo, que contenga una cantidad infinitesimal de vulgaridad.

Es un bálsamo de Fierabrás donde mis rabias encuentran suavidad, descanso mi mente atormentada…Sin mediar palabra alguna a veces. Es la que pone disimuladamente un pie en la balanza de los pecados, para hacer que los míos pesen menos, es mi “Melita” para mi “Escarlata”.

Después de todo, una amistad duradera es un conglomerado de situaciones cotidianas y no de grandes momentos estelares. Que no digo que esos no sumen a la ecuación, pero lo intrínseco se construye a base de sensaciones, de emociones reconocidas sin alarde. No me gustan los homenajes multitudinarios. Nunca son muy de fiar. Yo soy más de cosas íntimas, como esta pequeña epístola que seguro entenderá quien la tenga que entender.

“—¡Me encanta! —dijo Paqui —¡Te quiero! —exclamó mientras apretaba el kilo de ladrillos contra su pecho.

Las magníficas fotos que ilustran este artículo, son de mi colega escritor José Manuel Luque Correa, autor de «Las palabras del metal» editado por Atlantis que, al parecer, también tiene bastante ojo a través del objetivo. Gracias por un buen rato. (@luqueh78 es su instagram.)

Besos, Petra

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