PRINCIPIOS

¿En qué momento dejamos de tener opiniones y valores individuales y propios? Lo que viene a llamarse: Principios. Yo, ingenua de mí, siempre he creído en que las lealtades y las afinidades no son algo inmutable pero que, entre todos los matices del ser humano, siempre se encontraba una base férrea e inamovible.

A tenor de acontecimientos recientes y mediáticos (que en este milenio son un no parar), me he dado cuenta de la volubilidad supina que tenemos todos. Me explico: Ver una noticia/entrevista/tweet/artículo que verse sobre una de las partes implicadas en un proceso cualquiera y apoyarla con fe ciega y “manifas” mediante para, de repente al otro día, que salte a la palestra la “parte contratante de la primera parte”, uséase el opuesto, para rasgarnos las vestiduras y mostrar nuestro apoyo incondicional y, por un impulso de pecho henchido de orgullo, levantarnos y aplaudir ante tan sabias palabras o hechos. ¿Cuándo empezamos a prestarle tanta atención a esa vorágine de valoraciones, juicios y prejuicios de toda índole y condición? Que igualmente válidos y filosóficos nos parece la sentencia de un jurista, que los firmes estamentos de tu vecina Maruja la del 2ºC. Y antes de que me azucéis a los perros de la ignorancia, os digo: En este cajón desastre de la comunicación que son los medios, del tipo que sean, no hay veto ni control como se viene observando, y obviamente todo hijo de vecino puede verter sus miserias humanas, sus despechos y sus verdades iracundas (No sé porque cuando se está feliz no se airea a los cuatro vientos de igual manera. Curioso cuanto menos), pero lo que realmente es digno de estudio es esa credibilidad fundada en un sistema fedatario, donde a poco que algo se haga mínimamente viral o salte a la palestra, saltamos también nosotros al vacío con ellos. Sin saber las historias que se esconden detrás de las palabras y los hechos.

Antes, un articulista tenía la obligación moral e individual de, si bien verter su opinión al respecto de algún suceso, tratar en la medida de lo posible constatar los hechos de la manera más objetiva posible. Era una lectura individualista, que dejaba al lector en una posición de sacar sus propias conclusiones. Ahora, todos queremos quemar a la bestia antes de saber su condición. Se alardea de sembrar jurisprudencia con la ley de la calle y leer sentencias entre caña y partido. Y opinar, siempre opinar. Opinar con semblante sesudo sobre aspectos que no conocemos ni de oídas. Es como querer arreglar un motor de 8 cilindros en V por ciencia infusa o, lo que es todavía más risible, porque tu primo el de Villanueva del Pardillo hizo un F.P. de mecánica.

Los medios, que son los pastores del vulgo, afilan sus cayados esperando pacientemente que la masa le haga el trabajo sucio. Y marean a la marea, que viene y va a sus antojos como un enjambre enfebrecido que no distingue lo moral de lo amoral y solo blasfema cuando le alcanzan con la honda. Estos diligentes y siempre incuestionables jornaleros a sueldo, no son más que “jefecillos latigueros” del Olimpo, que es donde se entretienen con todo esto de aquí abajo, mientras se sientan en el borde de sus piscinas infinitas rellenas con sangre y sudor, con los dedos de los pies de manicura perfecta y planta suave, apenas rozando la superficie. No vaya a ser que se ensucien mucho…

A mí, que soy maniática del orden, todo este batiburrillo y desorden me angustia sobremanera y me pone triste. Siempre he creído en la pureza de los discursos que se creen, a pesar de que se encuentren en las antípodas de nuestro parecer. Si el discurso es puro, mantiene un estatus de romanticismo, de luz que aplasta la oscuridad. Cuando los eslóganes y las frases hechas se convierten en estandartes de modas melifluas y vacías, todo se va la mierda y mi entusiasmo se deshincha como un globo, haciendo un bluuuufff que casi se puede escuchar en mi interior.

 

 

Esto de actualizar los lunes, no se si es contraproducente o genial…

Besos, Petra

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