PADRES

Que no, que el mundo no se arregla desde el grupo de Whatsapp. Los grupos de la, incuestionablemente práctica, aplicación de móvil, sirven principalmente para dos cosas: Hacer de oro a los fisioterapeutas y quiroprácticos  por tener las cervicales como una alcayata y para discutir por tonterías supinas en modo Drama Queen.

De todo el elenco de grupos que se pueden formar, algunos de lo más escatológicos, el “más peor” de todos es el de las madres del cole. Sí, otra vez tengo que pararme en este punto para poner de manifiesto lo absurdo, inservible, sinsentido y, por decir algo menos desagradable, anodino que es. ¿Qué pasa con los padres? Estamos, metámonos todos y que se salve quien pueda, interfiriendo de una manera tan brutal en el comportamiento de nuestros vástagos que el conductismo exacerbado es un “sketch” de coco explicando arriba y abajo. Premiamos a nuestros hijos por todo: Sacar buenas notas, recoger su habitación, tener buen comportamiento… ¿Perdona? Los estamos dotando de tal grado de poder que no somos ni medio conscientes de lo perjudicial que puede llegar a ser eso. Tenemos tanto miedo a que los hijos se sientan frustrados, impotentes, tristes o aburridos, que gastamos el dinero que no tenemos y hasta una falange o dos del meñique si nos lo pidieran, por alejar sistemáticamente esos sentimientos “negativos”. El principal refuerzo que debe tener un niño es su propia autoestima. Sentir satisfacción por el trabajo bien hecho es el mejor premio y le estamos quitando hasta el amor propio, dotándolo todo de un halo de materialismo.

La equivocación forma parte del aprendizaje y todas las personas, sí, los niños también son personas aunque no lo creáis, tienen derecho a cagarla. A cagarla una y otra vez. Sin conmiseración ni paños calientes porque sólo así aprendemos de verdad. No sobreprotejamos en exceso porque las cosas malas existen, al igual que las bellas y maravillosas. Debemos enseñarles a lidiar con ellas y no eliminarlas, porque fuera de los muros del hogar y las faldas de mamá, el mundo es grande y duro.

Algunos padres se sienten como dice la canción: “perdidos, sin rumbo, y en el lodo…” Porque resulta que los niños también podían venir con un manual de instrucciones debajo del brazo, además del pan. Pero no. Por eso si nos esforzamos para ser buenos educadores a fuerza de acierto y error, ¿Por qué le negamos la misma regla a nuestros hijos?

Yo no soy pedagoga, ni profesora, ni psicóloga ni filósofa. Soy una, que a menudo es tachada de mala madre, pero que hace lo que puede por hacer de su hijo una buena persona y, sobre todo, un miembro que aporte a la sociedad, no que destruya la misma o, lo que es pero, pase sin pena ni gloria. Puede que todo este trabajo sirva para algo o puede que no sirva para nada. Eso, el tiempo lo dirá. Lo que sí es seguro, es que yo me equivoco constantemente y, cuando creo que todo está bajo control, me doy cuenta de que eso tampoco es sano y vuelta a empezar ¿Lioso? Sin duda ¿Cansado? Un montón. Pero así es la vida…

Nuestra labor, como la de nuestros padres y antes la de los suyos, siempre fue proteger y cuidar, pero al igual que hay que destetarlos cuando ya necesitan diversificar la alimentación y no nutrirse exclusivamente de nosotros (aunque a algunas les falta poco darle una toma antes de ir al instituto), hay que darles libertad de elección y una cierta independencia a razón de la edad.

No nos sintamos culpables por no estar ahí siempre. El área de influencia materna siempre va a estar flotando a su alrededor al igual que al nuestro, pero convirtámoslo en un aura sutil  y un no en un cerco que ahogue. Será mejor para todos.

 

El enjambre está a punto de liberar las abejas, así que estad atentos.

Besos, Petra

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