LO QUE SOMOS

Algunos acontecimientos que ocurren durante nuestra niñez y que recordamos vívidamente, son condicionantes de nuestra vida adulta. Sobre todo, los miedos y los placeres. Los sentimientos abstractos cognitivos como la alegría, el amor o la tristeza se aprenden a gestionar y sentir por el camino. Pero lo irracional ocurre en la infancia. Nuestro instinto más animal, más primigenio, nos lleva a huir ante situaciones que intuimos de peligro, aunque a día de hoy puede que no lo sean. Yo, por ejemplo, tengo miedo irracional a los perros y jamás ninguno me mordió ni me atacó. Es una especie de alarma que se me enciende diciendo: ¡peligro! ¡huye! (lo del coraje supino y la mala leche que me entra cuando me dicen: “si no hace nada…”, ya lo dejamos para otro día). El placer, también es una sensación primitiva, puesto que el hombre indefectiblemente buscaba el placer desde sus albores. Entiéndase el placer, como algo puramente físico y primario: acercarse a un fuego cuando estamos helados y que el calor nos inunde, por poner un ejemplo. Los procesos de placer que hemos ido adquiriendo con el paso del tiempo son necesidades adquiridas y trampantojos del verdadero gozo elemental. El hecho de que poseer dinero o bienes materiales nos produzca dicha, no es más que el resultado de una sociedad que se ha ido degenerando a fuego lento y alejándose cada vez más de su afán primero, que era vivir por y para la búsqueda de placer. Lo que ahora llamamos “inteligencia emocional”, era algo que no tenía denominación simplemente porque no existía. El amor o el sexo, por hablar de dos conceptos bastante importantes en nuestra sociedad actual, no se puso de manifiesto hasta bien entrado el siglo XIX. El hecho de casarse o mantener relaciones “por amor” era algo relegado a los pobres o ignorantes de bajo escalafón social. Los matrimonios eran de conveniencia, sin que por ello hubiera una castración de ninguna clase, al contrario:  Se confiaba que esa iba a ser una unión placentera para ambos contrayentes, puesto que las carencias y faltas se suplían con las del otro. Enamorarse, era algo que debilitaba el carácter y solo traía sufrimiento, desdicha y a la larga…Hastío. Así que era de lógica aplastante (visto con los ojos de antaño), que las uniones fueran más una transacción ventajosa que otra cosa. En el amor, si lo pensamos fríamente, son pocos los momentos de dicha en comparación con los problemas de toda índole y condición: Desamor, discusiones, traición… Y puesto que el sexo, cuyo fin último (y primero) es obtener un orgasmo y, por lo tanto, el placer, no es de necesidad tener que enamorarse para tal fin. El amor romántico es un invento de la sociedad moderna que, por defecto, implica renuncia, fidelidad, empatía, incondicionalidad, entrega…Todos esos sentimientos no son inherentes al ser humano de manera natural, pero aprendemos a encajar y a “sufrir” como un yugo invisible durante toda nuestra vida. Al principio de nuestra vida no somos seres empáticos hasta que, a través de la educación y la moral, nos obligan a sentir una especie de culpabilidad por los comportamientos propios y ajenos va anulando nuestra tarea en la búsqueda constante del placer. Por eso, los escritores, cuando crecen, siempre tienen muy presente la infancia y esos acontecimientos que, de alguna manera, eran puros y sin pátina aún de moral, justicia ni ética adquiridas. Son momentos que carecen de interpretación objetiva pero que transmiten en la edad adulta, esa especie de improntas. Imágenes o sensaciones que, a priori, carecen de sentido pero que nos fascinan y lo son todo. Todavía recuerdo el comienzo tan fascinante de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez y que, explica en un par de líneas lo que he querido decir:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

 

No interpretéis por mis palabras, que soy una persona fría y sin sentimientos. No van por ahí los tiros. Sólo hago un análisis de acontecimientos los más fidedigno posible. Siempre subjetivamente, claro.

Besos, Petra

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