LA VIDA CUESTA

A veces cuesta; la vida. Escribir; también. Te enfrentas a la hoja en blanco. La miras. Te mira. Desvías la mirada al infinito en busca de inspiración. Algo que contar. Las manos expectantes sobrevuelan el teclado sin tocarlo. Los dedos como garras, perfectamente alineados para entrar en acción al más leve atisbo de luz. Te acomodas en el asiento, estiras la espalda, crujes los dedos con fruición…Y nada. Que no llega. Te acodas en la mesa y descansas la cabeza en la palma, abstraída. Miras un objeto cualquiera. Una grapadora, por ejemplo. La observas, pero no la ves. La vista se desenfoca, pretende mirar como hacía dentro. Hacía ese agujero gigante que es la mente. Te levantas. Vas a beber agua, hacer caca, tender la colada…Lo que sea. O simplemente andas peripatético por tu mini casa que se gasta en seguida. Elucubrando, meditabundo en busca de algo que no sabes muy bien que es. Un comienzo brillante donde asirse como a la vida y empezar a desarrollar un nuevo y flamante cuento. Vuelves a la silla ingrata, a la pantalla desoladora y vacía. Nada. Tamborileas impaciente con los dedos la melodía que oyes en tu cabeza. Música clásica, por supuesto. Chopin, que para eso es lunes y tú necesitas un ambiente melancólico y dramático. De repente, la pista salta a Wagner y todo se vuelve más épico, más arrebatado. Te yergues, afilas las orejas, abres los ojos…Aquí llega la historia. Saltó la chispa que te abrasará, el pistoletazo de salida. Una nalgada a un pura sangre que comienza un galope frenético, mientras gritas exultante y la mente siente la pulsión de escribir, escribir, contar, contar. Todo es cabalgar por paisajes yermos llenándolos a tu paso. Los personajes son trozos de tu alma, los lugares son exóticos. Casi dirías que saboreas los manjares, te llenas los pulmones de los olores… Los dedos ya no corren; vuelan. El teclado se convierte en una partitura que rellenar de notas, una tierra que arar, un paño que bordar. Y se mueven ligeros y livianos, casi sin posarse.

Y otra línea y otro verso y otro párrafo y otro giro. El tiempo parece detenerse para mí. Te aferras a ella como un yonki a una aguja hipodérmica. No puedes parar. No sientes hambre, sed ni frío. Es un momento extracorpóreo donde tu yo curioso y salvaje, sale a vivir esas aventuras, mientras tu cuerpo como una carcasa vacía se limita a ejecutar como un autómata lo que le llega a través de mini descargas eléctricas, que no puedes describir si no es con onomatopeyas: ¡Ping! ¡pang! ¡Clack! Como un orgasmo que no acaba pero que da un placer morboso entre el dolor y el gusto.

Y culminas. Rematas con un punto final puesto con orgullo y contundencia. Te aientes exultante durante un minuto. Ese momento es la felicidad supina, la consecución y la consumación se hacen redondas y perfectas. Sublime.

Pasado ese mínimo lapso euforia, vuelves a caer sin fuerza en la silla. Laxo e inerte. El parto ha concluido. El hijo está a salvo. Ya se lo llevan para disfrute de otras madres. El cordón umbilical está cortado y todo está cosido de nuevo encima de cicatrices viejas. El vástago ya no te pertenece. Sin avisar, una patada en el estómago, te hace consciente de tu vacío.  Y otra vez empieza el ciclo, la gestación que te llevará irremisiblemente a parir de nuevo mil hijos más que serán tuyos mientras los lleves en tu vientre.

Si tenéis cuerpo de playa, id desechando la idea. Este verano, todos blanquitos y prístinos…

Besos, Petra

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