LA PRINCESA

De repente lo vio claro. Jamás iba a poder escapar de aquel cuchitril que se había convertido en su hogar, desde que abandonó la casa paterna con una maleta llena de sueños que se habían ido desmadejando por el camino. Atrapada en una vida que se le escurría irremediable e irremisiblemente entre los dedos.

En su infancia solitaria, ella se pensaba como una princesa, pero no una apocada y frágil, sino una con grandes ejércitos bajo su mando y que galopaba a lomos de un blanco corcel mientras la lluvia y el viento golpeaban su rostro haciéndola más fuerte e invencible…Pero cuando su pequeño mundo interior fue pisoteado por pies más fuertes y mundanos, se dio cuenta de que su reino nunca llegaría y debía conformarse con lo menos malo. Un príncipe que se volvió vulgar y un palacio de paja y albero fueron sus glorias. Tuvo que lidiar con la mentira, la traición y la mediocridad, mientras su alma siempre rugía con un grito salvaje que nadie pudo oír. Su sino estaba en manos de otros, que la arrastraban de un lado a otro sin que ella hiciera nada por oponerse. Y así, se fue marchitando poco a poco, como un lirio silvestre al que arrancan de raíz para trasplantar a un pequeño tiesto. Sus ojos se fueron apagando y sus sentidos, mermando. Ya no sentía la rotación de la tierra bajo sus pies, ni el guisante bajo su colchón. Era un despojo revestido de oropeles, con mecánica sonrisa y conversaciones banales.

La princesa estaba triste y dejaba escapar suspiros de la que, antaño, había sido boca de fresa y ahora era instrumento perverso. Y soñaba, eso sí. En sus sueños volvía a ser la virginal guerrera que no atendía órdenes y que siempre era justa impartiendo la ley. Perdonaba las faltas de sus súbditos con el cariño de una madre y castigaba severamente las felonías. Mientras dormía, podía ver a su príncipe, como era al principio, antes de que el hastío, el vicio y la vida misma, le pasaran por encima y lo convirtieran en lo que era ahora: un ser ruin y sibilino con la mano y la lengua siempre prestos a hacer daño. En el comienzo, era gallardo y valiente. Un compañero fiel que caminaba a su lado en la batalla. Sin miedo de nada y de nadie. Los dos juntos eran invencibles ante la adversidad. Luego, resultó, que la regencia le quedaba grande y prefirió escapar hacía el vicio en lugar de la virtud, abandonando esos dominios en busca de otros más confortables y mediocres. La cobardía hizo mella en él y suplió con orgullo de pacotilla, las faltas cometidas.

Y volvió a quedarse sola la princesa, en el castillo de albero. Ya no reinaba casi. Se pasaba los días bajo la sombra de encinas y algarrobos, pues su cobijo aún le daba algo de consuelo. Sus siervos a los que tanto cuidó, fueron marchándose en busca de otras vidas más felices, pues no querían ser arrastrados por la melancolía. No les culpaba ella, y les colmaba de bendiciones a su marcha, pero sentía que se hundía más y más profundamente en un mar en calma.

La encontraron al alba fría, tendida sobre la yerba. La escarcha adornaba su melena como la corona que nunca quiso llevar. En sus pupilas se adivinaba una sonrisa y su boca volvía a ser del color de la rosa. No hubo duelo ni entierro, pues nadie osó perpetrar su cuerpo. Y allí quedo la triste princesa, al fin libre, al fin querida en sus sueños valientes.

 

Espero, os haya gustado esta fabulilla de lunes. Es un poco triste, pero ya vendrán tiempos mejores.

Besos, Petra

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