LA PARÁBOLA DEL AGUA

¿Cuál es el valor de una piedra? No me refiero a una preciosa ni que contenga algún interés científico o porte un valor intrínseco. Me refiero a la roca vulgar y corriente. ¿Cuántos millones, billones, trillones de piedras tan comunes como esa, hay en el mundo? Sin embargo, si fuera de oro, plata o diamante, ¿Cuánto valor tendría en nuestras vidas? ¿y si desaparecieran todas las piedras ordinarias y sólo quedara una? ¿Cuánto valor tendría entonces?

El agua, todos lo sabemos, es necesaria para la vida. No la nuestra solamente (no nos creamos tan ombligo del universo), sino, para la vida en general. Que haya agua dulce y potable depende de varios factores: Lluvias, acuíferos, contaminación, intervención del hombre…Entre otros.

Pues ahora os planteo la siguiente parábola, que quiero que leáis de manera libre y ahondando a la esencia prístina, primera. Llamadlo filosofía 2.0 si queréis:

Un hombre poseía tanto dinero, le sobraba tanto, que lo gastaba en cosas inútiles. Entre esas cosas, compraba al pueblo de al lado, unas piedras transparentes, porque se embelesaba admirando como reflejaban los rayos de sol en su nívea superficie.

El pueblo al que compraba estos curiosos cristales, era soberanamente pobre. Una tierra hostil, desértica, donde los vientos soplaban con fiereza y nada crecía en ese suelo ingrato y resquebrajado. El agua era un bien tan escaso que a menudo morían de sed. El único bien que poseían eran unos extraños vidrios que encontraron sin querer bajo tierra en un intento de excavar desesperadamente en busca de la necesaria agua y con los que comerciaban para el sustento.

Un día, un hombre pobre, fue a pedir audiencia al hombre rico en pos del agua que tanto necesitaban ya que por sus tierras pasaban hermosos y frescos ríos, y surgían manantiales de la tierra misma, que la hacía tan exuberante como un paraíso bíblico.

El hombre rico, sintió pena por el hombre pobre y le juró solemnemente, que estudiaría que se podía hacer para resolver este gran problema, pues era de una tristeza sin precedentes ver morir de sed a todo un pueblo, teniendo el agua tan cerca. Y así se fue el hombre sediento, de vuelta a su poblado, con la esperanza sobre su cabeza.

En este punto de la historia, llego a las tierras ricas, un hombre extranjero. Sus ojos eran del color del cielo en verano y sus cabellos como el trigo antes de la siega. Este hombre, trajo suntuosos y valiosos regalos, entre los que destacaban unas piedras transparentes iguales a las que él rico atesoraba. Al ver el extranjero, tanta riqueza sin consciencia de la misma, se apiadó del inculto y le contó el secreto de su valor. También le dijo que fuera cauto y no contara su valor al pueblo cercano, para que siguiera en la ignorancia.

Al pasar el tiempo, el hombre rico, hizo llamar al pobre, para darle la respuesta a su solicitud. Éste, le dijo: He pensado mucho en tu pueblo y en lo que sufre a causa de la sed. No debe ser así, pues yo en mis tierras tengo agua en abundancia. Haremos la siguiente cosa: Tú me traerás las preciosas y brillantes piedras y a cambio, yo te daré un poco de agua para abastecer a tu pueblo. El hombre pobre, abatido, supo que no era un trato justo, pero se agarró al mismo como clavo ardiendo, pues sus gentes morían y no podía hacer nada más que aceptar.

Pasado el tiempo, las piedras, que ya sí tenían valor para el hombre rico, se acabaron. Los hombres pobres buscaron y buscaron y no hallaron nada. Cabizbajo y con las manos desnudas se presentó el pobre en audiencia del Rey, pues ya era reino su región, y le dijo: Hemos arañado la tierra con uñas y dientes y no hemos hallado más que polvo seco y estéril. Y así sentenció el Señor: “¿Así me agradeces el agua que te he servido? ¿El agua que no se han llevado mis rosas y peonías para los deleites de mi vista? Ya no tienes nada ofrecerme. Vete y no vuelvas más.”

Y así se marchó el hombre pobre a herir su tierra hasta la extenuación, pensando: “Qué desgracia la nuestra, tener el agua tan cerca y no poderla pagar”.

 

¿Este es el mundo que queremos? Este es el mundo que tenemos.

Bueno, pues sin nada más que añadir (siempre he odiado las despedidas), os conmino a nuestra cita del lunes siguiente.

Gracias por leer.

Besos, Petra

 

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