LA BESTIA

Aparentaba unos cincuenta años, pero era bastante más joven. El lustre se había ido perdiendo por el camino como quien va dejando que el desorden le invada. Poco a poco su cuerpo y su alma se convirtieron en un síndrome de Diógenes sin intención de ser reclamado por nadie.

Siempre que se levantaba después de pasar una noche de sueño pesado, insano y lúgubre, ponía despacio el pie izquierdo en el suelo, intentando poner toda la planta a la vez para sentir el contacto de la frialdad que le subía desde las puntas de los dedos y la atravesaba como una espada de Damocles que, al fin, decidiera caer.

Alicia, que una vez viviera en el país de las maravillas, se fue quedando atrapada en una especie de cárcel de melancolía. Un planeta gigante, más grande que la misma tierra, se había estrellado contra su pecho y allí había quedado incrustado como un peso muerto, recordándole todos los días que jamás se podría librar de él.

Se duchaba mucho. A veces hasta en 5 o 6 ocasiones. Lo hacía a oscuras. Bajo el chorro de agua caliente, el vapor y la oscuridad, le parecía estar dentro del seno materno donde una vez estuvo. Se sentía segura, a salvo.

Todos los rincones de la casa le recordaban un dolor físico, un desgarro del alma, un insulto. Les ponía nombre: “El rincón de los riñones” “El rincón de la nariz partida” “El rincón de los gritos” …Y ya había pocos libres…

Por la mañana hacía la casa, hacía la compra, hacía todas las cosas que se suponía que debía hacer y ninguna que le generara el más mínimo atisbo de, no sé, alegría, libertad, realización, orgullo…Todos esos sentimientos junto con algunos que le daban miedo como el odio o la rabia, estaban guardados bajo llave en el cajón más pequeño de su mente. No era más que un autómata sin esencia esperando la parca. La dulce y placentera muerte.

Pero había un rumor… un murmullo que salía de aquel cajón pequeño y casi olvidado. La aterraba tanto cuando le hablaba por dentro que no podía evitar un “chissst”. El corazón latía desaforado y los ojos se abrían de par en par. No porque le dijera cosas malas o feas, al contrario. Tampoco eran peroratas inútiles, discursos ya vistos por ella en la televisión y que le eran tan ajenos como un viaje a la luna. Aquellas mujeres que voceaban y cacareaban en multitudes ¿Qué tenían que ver con ella? ¿Qué querían que hiciera? ¿Llevaban acaso un asteroide clavado en medio del pecho que le dificultaba la respiración, los latidos? Era obvio que no.

La voz suave le hablaba desde su centro, no desde el cerebro, sino del bajo vientre más bien. Eran palabras sueltas que repetía sin cesar aparentemente sin conexión ninguna, pero Alicia fue tejiendo una red entre ellas. Fue rezando un rosario que repetía como un mantra.

Pequeños milagros se fueron obrando. Imperceptibles para el ojo de cualquiera que no supiera mirar, pero todo un mundo para ella.

Un día se atrevió a contar una historia: “La historia de Ali”. Encontró un cuaderno olvidado y escribió hasta que le dolieron los dedos, hasta que las lágrimas se socavaron con las risas, escribió hasta que llegó la noche y con ella el monstruo.

Esta vez, hasta se atrevió a mirar a la bestia.

 

Pues a estas horas os subo el post pero, es que el verano me da alas, como si tuviera Red Bull en vena.

besos, Petra

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