GIRLS, GIRLS, GIRLS & TROLLS, TROLLS, TROLLS.

Un troll. Una criatura de la mitología escandinava que lo describe como taimados salvajes gigantes sin compasión que vivían bajo tierra y raptaban infantes para comer su carne fresca y joven. Sin embargo, para el imaginario popular, son grandes personajes peludos, de baba caída y poco intelecto (por no decir nulo), que, aunque seguían raptando niños y comiéndolos, lo hacen más por gula que por maldad. Tontos hasta decir basta, matan y golpean todo lo que encuentran a su paso, pues de todos es bien sabido, que la falta de inteligencia se subsana dando mandobles.

En esta era globalizada en el que cada uno se mira su propio ombligo (paradojas de la vida moderna), un troll sigue siendo un ente falto de inteligencia que va dando palos de ciego a diestro y siniestro para provocar el caos.

Vivimos y nos relacionamos en un ambiente disociativo, caldo de cultivo para que todos aquellos emos, inseguros, receptores de collejas durante años, alcancen un orgasmo después de una paja mental, insultando o creando un polémico debate que no se sostiene ni con las maromas de un trasatlántico.

El mundo influencer es el camino hacia el lado oscuro de la estupidez supina. Los “me gusta” y los seguidores, llevan al egocentrismo y el egocentrismo lleva a sentar cátedra. Veo mucho miedo en ti, influencer

Cuando, en el último artículo, me dijeron que se habían sentido como si leyeran a Coelho, sin ánimo de ofender sino todo lo contrario, me di cuenta que había caído en el lado “planiencefalográmico” de la balanza. ¡Oh, Dios mío! ¿Pero es que nadie está a salvo? Tranquilos, un poco de autocrítica es necesaria para sacudirnos de la purpurina, que con miel se queda adherida y no hay quien la despegue. Yo, que para bien o para mal, tengo la manía de cuestionármelo todo, caí en modo parábola o fábula creyéndome, a lo mejor, una “nueva mesías” (¿o es una “nuevo mesías” ?, que yo con las cosas de género cada vez me lío más) atrapada en el cuerpo de Samaniego. ¡Uff, quita, quita! ¡Cenizo, cenizo! ¡Señor, aparta de mí este cáliz!

Dice el dicho que “quien con fuego juega, se quema” pero, ¡cuántos dedos chamuscados desde que Prometeo nos hizo el magnífico y desconocido regalo! Desde los tiempos en que vestíamos pieles auténticas sin que existiera un activista de PETA pintura en mano, imagina…

Estos días atrás he tenido el gran placer de tener mi propio troll personal (¡qué risa María Luisa) con frases tan sesudas como: “ya eres muy viejecita para hacer posturitas” (sin saberlo haciendo un pareado, pobre…) u “hola, hay alguien en tu cerebro?”, se me vino a la mente la siguiente cuestión: ¿Son los troles los nuevos guardianes de la moral y ética? Si en la Edad Media tuvimos a Torquemada y la Santa Inquisición y en la dictadura las viejas del visillo ¿Son ellos los que nos van a salvaguardar de la estulticia? ¿Los inventores de los nuevos preceptos del decoro? ¿Dónde está la fina línea entre el debate y el “agitprop”? ¿Entre la irreverencia y el aburrimiento?

*Mientras tanto, a mí lo único que se me viene a la cabeza es: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”.

 

*Una aclaración: El refrán puesto erróneamente en boca de Alonso Quijano, es apócrifo y, de hecho, no aparece en ninguna de las dos partes del ilustre libro.

Besos, Petra

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