FUN, FUN, FUN

Todos los años por estas, cuestionablemente entrañables fechas, escribo un artículo desgranando los pormenores de porqué reniego de la Navidad y en lo que se ha convertido. Ya no sólo por el estudiado olvido de su origen, principio y fin religioso, sino por el acercamiento cada vez más acusado de dotarla de un halo de globalización alienante y sin chicha ni limoná. Eso sin entrar en el bucle: compra-compra-compra/come-come-come de todos los años. Cuando veo esas masas enfurecidas móvil en mano apuntando a un cielo cargado de leds titilantes al compás de un villancico con menos espíritu navideño que un chino vestido de Papá Noel cantando “Ay, del chiquirritín”, pienso que hemos perdido el norte. Prueben a cambiar la música por un “chunda-chunda” cualquiera de la trasnochada ruta del bacalao y a ver si distinguen Calle Larios de una rave party. Debería estar prohibido a las personas tendentes a ataques epilépticos, de ansiedad o pánico por prescripción médica. Miles de personas hacinadas en una ciudad que no tiene espacio suficiente para acogerlos. Falta de logística, lo llaman…

Pero este año, no. No voy a patalear, ni a rasgarme las vestiduras ante tamaño acto de prostitución, ante tamaño consumismo exacerbado ni ante los power points con escenas ñoñas y frases estilo Mr. Wonderful deseando paz, prosperidad y una subida de azúcar inminente, no. Y diréis: ¡Oh, Dios mío! ¿Es que al fin ha sucumbido al poder de seducción de un Macaulay Culkin pre-drogodependencia, todo mono él poniendo inocentes trampas en su casoplón, hasta que vuelve esa madre descastada que se lo olvidó cual cargador del móvil? ¿Se ha dejado, al fin, arrastrar sin oponer resistencia a la exaltación del amor en forma de taza? ¿Llora a moco tendido con los anuncios que nos hacen chantaje emocional para que compartamos más tiempo y hagamos una encuesta que ni el CESID para saber todo todito de nuestros más allegados (a ser posible con un Ron y sentado en un sillón sueco)?

Tranquilos. Que no cunda el pánico. Sigo siendo del Team Grinch. No ha habido ningún cambio circunstancial en mi vida, ni he visto la luz en forma de estrella de oriente mientras mi corazón se inundaba de paz y a mis ojos afloraban unas lágrimas envueltas en misticismo. No. Es sólo que me he dado cuenta de que la negación, el odio, la crítica abusiva y defensiva de una ideología (la mía en este caso), no van a hacer que el mundo gire a mi parecer. Siempre defenderé el derecho a la pataleta, ya que es lo único que los pobres tenemos para liberar estrés, pero he comprendido que el ser humano es odioso y maravilloso al mismo tiempo, que aceptarlo sin condescendencia es sano, que me encanta argumentar a mis amigas vegetarianas las mil y una razones de comer jamón y que ellas, a su vez, me digan que soy una cabrona sin sentimientos por comerme a “Babe, el cerdito valiente”. Que el debate se vuelva tan vehemente entre hermanos, amigos o cónyuges que se retiren la palabra y el saludo durante meses y que cuando vuelvan a coincidir en una fiesta, comprendan cuánto se han echado de menos…

Ahí, en ese tour de forcé entre las ideologías y el amor, reside su grandeza. Y por eso he decidido, si no entregar mi cuerpo prístino al espumillón y las felpas con cuernos de reno y lucecitas, si relajar la aprensión y ser un poco (un poquito) comprensiva con aquellos que es ver un copo de nieve y es como si hubieran visto a Dios.

Bueno, después de esta declaración de intenciones (de momento), os deseo feliz Navidad. ¡Qué remedio…! Si quiero conseguir el cambio, tengo que ir tomando conciencia…

Besos, Petra

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