EL OFICIO DE ESCRITOR

En la vida puedes dedicarte a cualquier cosa: Abogacía, medicina, fontanería, cómico, político… (o comítico, que vendría ser una aleación de ambas muy en boga últimamente). Todo un elenco de profesiones donde tus circunstancias o prioridades te hayan llevado. Algunos trabajos requieren de una fuerza física considerable, otros de un coeficiente intelectual por encima de la media y algunos, de sensibilidad especial para observar el mundo y su devenir desde anteojos mágicos.

La sociedad está distribuida en oficios para que haya un orden, eso está claro. Sin embargo, no cuenta esta, a menudo, con que el ser humano es voluble y se rige, en algunos momentos de su vida, por un apasionamiento más visceral que racional. El, llamémoslo barrizal humano, es un conglomerado que implica seres, idiosincrasias, paisajes y economías. Así grosso modo.

En mayor o menor medida todos sentimos las mismas pulsiones aproximadamente, pero el colectivo es un ente y, aunque esté formado por personas, no reconoce los sentimientos, necesidades ni anhelos que son intrínsecos a la naturaleza humana. La jerarquía establecida en cualquier Estado y dentro de cualquier ideología política, siempre hace aguas. A la historia me remito. La historia es un déjà vu de exoneración constante y traspaso de poderes ejerciendo más a menudo violencia que diplomacia.

Con las profesiones ocurre lo mismo. Pongamos por caso el siguiente: Alguien ha llegado a la cúspide de su carrera profesional. Tiene todos los méritos, todo el éxito y todo el dinero que es posible acumular en cuentas legales y apócrifas. Su vida es apacible e ideal. Una familia de revista, multipropiedades y vacaciones en las Bahamas. Justificará el sujeto durante unos cuantos años el disfrute merecido a tantos años de duro trabajo y estar lejos del cónyuge, no haber visto crecer a sus hijos y llevar el recordatorio de las jornadas maratonianas en forma de pequeños achaques. Todo parece estar impregnado de una especie de docilidad de los días, una quietud bien avenida y hasta necesaria…

Llegados a este punto de inflexión, el sujeto, inquieto, se empeña en dar una vuelta de tuerca extraña, una pirueta sinsentido en medio de toda esa mansedumbre. Respira hondo y se sumerge de cabeza en el lodo de las pasiones. Se desmarca sin mirar atrás de los lazos de lo cotidiano. La rutina le advierte que no habrá vuelta atrás…pero se zambulle, aun así.

Puede venir el giro inesperado en forma de arte, de amor, de perversión…Todo le parecerá que es poco para tan grande hambre. Devorará hasta hartarse; hasta el vómito y después seguirá engullendo. Será un paria porque se habrá apartado a un lado saliendo de la procesión. Desde el margen observa la columna de seres en desbandada. Como inician todos juntos un trayecto donde el final es la muerte. Irremediable, irremisible, inexcusable…

Solamente desde ese lugar privilegiado puede el escritor contar historias. Desde esa individualidad. Mientras se empeñe en bracear en la amalgama social estará perdido. No tendrá la perspectiva suficiente para tomar aire y hablar con la honestidad que se le supone.

 

 

No sé si me he liado más de la cuenta y al final va a resultar pelín ininteligible, pero es que no veo otra forma de explicarlo.

Besos, Petra

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