COSAS QUE JODEN II

Ya escribí hace algún tiempo la primera parte, pero es que esto es un no parar:

  • Los mensajes de madrugada. Sí, esos desde otro uso horario para decirte: ¡Qué guapa es usted, mamasita! o ¡Vos sos una linda muchacha! Que no es que yo no agradezca los cumplidos (sobre todo lo de “muchacha”), pero que si vives allende los mares y ves en mi perfil (porque sé que lo habéis visto), que estoy al otro lado, un poquito de empatía con esta insomne a la que desveláis cada dos por tres. Y diréis: pues silencia el móvil. Pues no. porque si no el despertador no suena, no me levanto, no trabajo y no como. Si, en ese orden. Es más fácil dejar de dar por “ichi” ¿No os parece?

 

  • El transporte público. En especial, autobuses de línea con sobacos pestilentes, desprendiendo su penetrarte aroma desde un brazo que se agarra a una barra como si no hubiera un mañana, mientras tú (que te ha tocado debajo), haces inhalaciones cortas por la boca para no desmayarte. Esos mismos autobuses en los que van marujas hablando a voces por el móvil sobre problemas de disfunción eréctil de sus “maríos”, conductores que conducen como si llevaran ganado bovino, esas “cebolletas” acercándose peligrosamente en el sopor del verano y esa de madre pubescente que intenta abrirse camino hasta la puerta a través de la marabunta, atropellando empeines y descoyuntados tobillos a golpe de carrito mientras grita: “abreeeeee” “abreeeee”.

 

  • La moda “veggie”. No es que me joda que la gente no coma carne, ni use tóxicos o sea “cruelty-free”. Todo eso me parece estupendísimo de la muerte, pero cuando por mor de una moda, crees que estás por encima moralmente de tus congéneres, es que eres un estupid@. Uno que sigue las modas de turno y, peor aún, la que les dictan las multinacionales. Ahora parece que comer carne es un pecado mortal. Ya mismo venderán bocatas de chorizo en el mercado negro y los comeremos en casa a escondidas, como si fueran un “papelina”. Esta moda casi siempre va unida a una serie de gilipolleces varias, que no voy a enumerar porque no tengo ánimos, pero que como somos inteligentes podemos ir atando cabos. En fin, una vez más, todo se reduce a: dinero. Frutas y verduras “bio” a precio de caviar de Beluga, libros de “celebrities” con dietas que de “saludables” tienen poco o todo un elenco de variedades culinarias de Hacendado. Como dice Doña Fina: ¡¡A pagar, a pagar!!

 

  • Las opiniones políticas. Huyo como de la pólvora. Muros de Facebook, “feeds” de Instagram, hilos de twiter… ¡Pero qué pesadez! Es un bombardeo constante, un tira y afloja intentando convencer, intentando adoctrinar y recabar miembros para su causa. ¿Y para qué? A quien se vota y a quien se mete en la cama, son cosas que sólo le incumben a uno. Porque las ideologías políticas y los gustos sexuales son muy subjetivos. Así que dejad de dar el coñazo supino porque o ya estoy convencida, o no me vas a convencer.

 

  • El síndrome post-vacacional. Pero no el sufrirlo, sino el quejarse de él. ¿Acabas de llegar de las vacaciones y ya te estás quejando? Otro invento del S.XXI. Lo que antaño no se consideraba más que una pequeña melancolía o una cierta envidia insana, hoy tiene nombre. Porque sí, hoy a todo hay que ponerle nombre y etiquetarlo. Todo son síndromes o apelativos varios intentando que no se nos escape nada. Ningún gesto, ningún sentimiento…Por eso cuando volvemos de las vacaciones y nos sentimos cansados y sin ganas de trabajar, ni madrugar, ni pasar calor, deberíamos hacer un ejercicio de contrición y pensar en aquellos que nunca sentirán el bendito síndrome y no van llorando por las esquinas en busca de un nombre que dar a esa desazón. Y el mundo sigue girando.

 

Podéis darme ideas para la tercera parte. Hay tantas cosas que joden….

Besos, Petra

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