CATETO A BABOR

La moda. Una forma de arte siempre considerada menor, ninguneada y menospreciada. En nuestro imaginario colectivo, siempre trascienden la pintura, la escultura, la música o el cine como impronta de una época y una sociedad, sin embargo, no nos damos cuenta de que hay un pegamento que une todas esas disciplinas: El vestir. Algo en lo que nunca se repara de manera significativa, pero que es una fuente inagotable e interesantísima para tomar el pulso a la historia. La moda impera en el día a día, en lo cotidiano, pero también está presente en los grandes hitos de la humanidad. Momentos cruciales, se han hecho visuales (y virales) porque la moda estaba ahí, como una forma más de expresión junto con los gestos y los personajes. A través de ella, si estamos un poco puestos, podemos dilucidar un período, un status, un lugar y hasta un carácter. Podemos leerla, como si leyéramos una enciclopedia.

Y todo esto viene a colación ni más ni menos que por lo mismo de siempre. Llámalo nepotismo, tráfico de influencia o, si quieres, hasta puedes decir que es algo rastrero y sibilino (eso ya si apartamos un poco la diplomacia y llamamos a las cosas por su nombre). En esta ciudad mía, que tiene ínfulas de “nosequé”, desde que aparcan esas ciudades marítimas con más población que la mayoría de los pueblos de por aquí, llamadas cruceros (y que siempre me han parecido un catetada mayúscula) en su nuevo y flamante puerto. Se piensa que puede sacar oro de una mina donde no hay talento y apartar de un papirotazo a quien lo derrocha a raudales. Es la historia de siempre: o te congracias y aprendes hacer genuflexiones a la altura del ojete ajeno, o te quedas sin padrino y no hay bautizo que valga.  El dicho ese que dice “a tú casa vendrán y de ella te echarán”, encuentra un nuevo significado en el contexto de las artes malagueñas. Sin querer ponerme etiquetas de antisistema (ya me guardaría yo), es que el SISTEMA falla estrepitosamente. No es cierto eso de que nadie es profeta en su tierra, pero el que quiere ser profeta y trabaja hasta derramar sangre sudor y lágrimas, de pronto se ve sustituido vilmente por un foráneo al que colman de atenciones y lisonjas o, peor aún, apartado por un “úntame aquí esta mano, que la tengo fría, Macorina”. Que no digo yo que, por crear y trabajar como un espartano, tengan que ensalzarte, porque lo mismo ese trabajo que te has pegado, no gusta. El público es así de cabrón e irreverente. Pero mínimo una atención, un estudio, un análisis…un algo.

Una pena. Una grandísima pena. El arte de ataviar a las personas humanas es un don, una necesidad y un sacrificio. Esta ciudad mía podría llegar a ser una de las grandes capitales de la moda, pero nos estamos escorando peligrosamente hacía el lado oscuro del vil metal en detrimento del buen hacer y la calidad. Cuando antepones lo mediocre por un puñado de monedas o adulaciones varias (o “likes”, lo que ya es el colmo) y no hay criterio a la hora de la verdad, mal vamos. Así no. ¿Qué la moda es frivolidad, materialismo, narcisismo supino? Ni confirmo ni desmiento. Allá cada cual con su opinión. Pero, aunque fuera todo esto, debe despojarse de toda la paja que conlleva y arrastra como rémoras advenedizas, encontrar la pureza prístina y volverse un poco seria en cuanto a logística y organización se refiere porque, tal y como está ahora mismo la cosa en este terruño en el culo de Europa (que no lo digo yo, miren un mapa), no vamos a ningún sitio.

Y hasta aquí el “repaso” a la actualidad. Que me he levantado yo flamenca este lunes…

Besos, Petra

 

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