BANDA SONORA ORIGINAL

Los días siempre son ruidosos. Si hay alguna palabra que los define es: trasiego. Todo se mueve o es movido. Las hojas y ramas que se mueven con el viento, las personas que van pisando fuerte como elefantes o el golpeteo acompasado de unos tacones sobre el asfalto. Cuando la luz es, hay ese zumbido como de panal de abejas, como de miles de pequeños ruidos amalgamados en un: zuuuuuuummmmm…. Como una banda sonora original y experimental que, sin instrumentos musicales ni director, se autorregula en una armonía.

Son una cosa extraña, las polis. Están llenas de…cosas. Cosas que salen de otras cosas y estas de otras en un bucle infinito. Como el tornillo famoso ese. En el campo todo es más primitivo, más visceral, pero las ciudades son grandes parques temáticos que hemos construido para nuestro bienestar y ahora estamos enmohecidos y atrapados en nuestra propia cárcel de oro. Como un orden dentro del caos que es a la vez encantador y castrador. Ciudades que crecen hacia arriba en un intento de alcanzar las estrellas, con miles de millones de celdas creando y educando más y más víctimas propiciatorias para ser engullidas por sus grandes y feroces fauces.

No creáis que no me gusta la ciudad. Yo, adoro las urbes. Son pendencieras, crudas… ¡pero están tan llenas de vida! Llenas de vida que fluye y emerge. Y la muerte siempre encima de nuestras cabezas, vigilante. Con la espada de Damocles al cinto y la mano en la empuñadura. La muerte que nos incita a querer absorber todo, respirar profundo, jadear mientras abrazamos el cuerpo del otro como si se nos fuera un poco la vida misma en forma de éxtasis. Llenarnos los ojos y la piel y las manos y la boda…construir sin saberlo esa música que, quiero creer, se oye desde el espacio como una fiesta inmensa y particular a la que no has sido invitado.

Y cuando la luz que calienta nuestros sentidos y nos hace partícipes del espectáculo va decayendo, junto a ella va mermando la música. Con las sombras, los murmullos se vuelven más bajos, como de murmullos misteriosos… Cuando las personas de bien, recogen sus velas y pliegan sus espinazos en sus más o menos confortables cascarones, es la hora de los noctámbulos, de los desharrapados, los insomnes. Todo lo que es antinatural sale a sentir el influjo de la oscuridad. La ciudad misma se da una vuelta para verificar que todo está en orden. Que, alumbrados por la sutil luz de luna, quedan los de siempre. Los sonidos se vuelven más sibilantes, susurrantes, estentóreos… Los pequeños ruidos alteran el sueño de los benditos, que despiertan durante un segundo y vuelven a caer en el sopor. Una alimaña que roe, un borracho que vomita o un alma que se exhala. Todo lo que no se quiere ver, lo maldito, siempre ocurre durante la noche. Como si las urbes se avergonzaran de sus actos y los escondieran bajo el auspicio nocturno, como quien echa la porquería bajo de la alfombra.

Este es el mundo que hemos creado y el que estamos condenados a entendernos. Pero, a veces, en la fragilidad de nuestras existencias, encontramos un momento para pararnos a oír la vida. Que está hecha de palabras y de gestos y objetos que tienen sonoridad. Es como alcanzar la esencia, como sostener el grano de arena de “Fantasía” en la palma de nuestra mano.

Quiero terminar el post de hoy con un recuerdo y un homenaje para Milagros Penado de León (con tilde) Trujillo. D.E.P.

Besos, Petra

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