ADORAR ES COSA DE DIOSES

A veces sentimos verdadera adoración por las personas que menos lo merecen. Es como un revulsivo: a más desdén; más amor. A más dolor encajado; entregamos el alma en las manos, arrancada de cuajo para ser sacrificada. Ocurre una cosa: El dolor nos mantiene vivos, despiertos, con los sentidos a flor de piel… Pero cuando es continuo y callado, acaba poco a poco remitiendo sin piedad y dejando paso a la nada más absoluta. No hay angustia, no hay pena, sólo un gran vacío existente que ya no abruma. Llega el cansancio. El más mínimo gesto, te parece una de las pruebas de Hércules y te dices: “Después”, “otro día”, “mañana”…Y mañana estás aún más cansada y más vacía. El dolor es como una estalagmita: Va cayendo sobre ti, gota a gota desde la estalactita “plic-plic-plic” hasta formar una cúspide.

Siempre los despojamos, a ellos, los objetos de nuestra devoción, de todos sus defectos para transformarlos en excelsas virtudes y justificamos una y otra vez los actos y palabras que nos duelen hasta convertirlos en culpa. Culpa por ser como eres, culpa por no tener lo que desearían que tuvieras, por no ser más guapa, más alta, más culta, ganar más dinero…Y no nos confundamos. El problema es sólo nuestro. Nadie va a llegar a darte palmaditas en la espalda y dotarte de un halo de perfección como por arte de magia, no. Lo que eres, es lo que te define. El amor es otra cosa. Requiere exclusividad y libertad. ¿Paradójico? Para nada.

Siéntate en un banco y observa la gente que pasa: Unos serán guapos y gordos y otros esbeltos y feos. Unos irán cabizbajos y otros con el rostro luminoso, Unos tendrán las arcas llenas y otros tantos sobreviven (o malviven) como pueden, pero todos, absolutamente todos, ansían día tras día alcanzar la perfección, o lo que ellos concluyan que es lo perfecto, el súmmum… Vivimos en una sociedad que señala con dedo acusador las faltas de los demás en lugar de las propias. Querer mejorar no es un pecado ni una maldad, siempre y cuando hagamos un ejercicio de introspección y valoremos si de verdad queremos cambiar eso para nuestro mayor bienestar o para el de los demás. Cuando alguien te señale una falta, recálcale que las imperfecciones son lo que nos define y que, si todos bogáramos hacía una misma perfección como masa, que aburrido sería todo. La naturaleza es el archivo de todas las imperfecciones. ¿Y acaso no te parece espectacular en su pluralidad?

Perder la esencia es cosa mala, te roba el alma. Se desvanece para nunca más volver, por eso la veneración no es sana; el amor sí. Normalmente, las personas veneradas se vuelven ególatras, condescendientes y mezquinos. El querer debe fluir como un río que va siempre hacía el mar. Ya lo decía Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir”. La muerte es segura en este viaje, pero de ti depende pasarla atada a un yugo impuesto por palabrería ruin o vivirla como tú la quieras vivir.

Después de todo, las palabras tienen la capacidad de elevarlos a las estrellas o estrellarnos contra el suelo, pero sólo uno tiene el poder de dilucidar como nos afectan.

Hay que quererse más y darle a las palabras, personas o hechos, la importancia que merecen.

Besos, Petra

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Un comentario

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