ABUSONES

Creía, de adolescente, época ingrata y fascinante a partes iguales, que cuando llegara la edad adulta, se acabaría el maltrato. No permitiría que nadie me tosiera y, si lo hacían, tampoco me iba a importar porque estaría imbuida en una vida tan esplendida que no prestaría atención a los desmanes. También pensaba, con la inocencia supina que, a día de hoy, aunque cada vez más maltrecha, conservo, que los abusones madurarían y no sería su fin en esta vida, abusar, maltratar o avasallar al prójimo. Tendrían, de mayores, otros entrenamientos más vulgares y mediocres –pero entretenimientos, al fin y al cabo-  para pasar su triste existencia ¡Cuán equivocada estaba…! He cumplido los cuarenta y, aún a día de hoy, sigue habiendo personas que me hacen volver al instituto por un momento. Gente tan sumamente sola, triste e insegura que necesitan empequeñecer a los demás para verse ellos grandes y poderosos en los espejos del callejón del gato*, creando así una burda farsa de su existencia, una realidad distorsionada donde ellos hacen el papel de su vida. Ponen todo el empeño, todo el trabajo en ese fin. En lugar de trabajar para hacer el bien, lo hacen con tesón para contribuir a un mundo enfermo y feo. Se sienten fuertes con el sufrimiento y desazón ajenas y el más mínimo atisbo de remordimiento o culpabilidad se asoma a sus ojos. Necesitan humillar para llevar una existencia medianamente soportable y no se dan cuenta de que el fin no justifica los medios siempre. Es algo que se sufro casi a diario. Pero me recito como un mantra: “ladran Sancho, señal que cabalgamos”. Y sigo mi camino sin prestar atención. En la mayoría de los casos, funciona y me alejo alegremente silbando una melodía. Pero hay veces en que el ataque es con tal saña, con tanta inquina que no puedo más que sentarme un poco a coger resuello antes de replicar. Y ahí es donde la sabandija redobla los golpes con denuedo hasta, por más que tú quieras sentirte fuerte, no eres más que un pedazo de humanidad maltrecha. Ahí es cuando ellos se vienen arriba, saborean las glorias de la ¿victoria?, se sienten potentes ante tu debilidad.

Si todo ese trabajo tan impecablemente hecho, lo usaran para hacer el bien en lugar del mal, este mundo sería un poco más llevadero, más bonito, más luminoso. Pero se empeñan en caminar cargando un alma oscura. Supongo que para que haya héroes tiene que haber villanos, pero claro, la cosa es que uno sabe de su existencia, conoce de lejos sus métodos expeditivos, pero no quiere, bajo ningún concepto cruzárselos por la calle y, mucho menos aún, trabar dialogo o relación. Para combatirlos ya están los temerarios, los gloriosos paladines a los que admiro profundamente. Yo, como mucho, puedo gritar desde el papel, haciendo un recordatorio de las miserias del ser humano. Me queda el fútil consuelo de saber que somos más los que intentamos ensalzar las virtudes que promulgar los defectos. Aplicarse para ser mejor es un trabajo arduo, cansado, hercúleo. A veces cuesta. Lo fácil es zaherir para no ver tus faltas, pero las carencias están ahí y más temprano que tarde, saldrán a la luz y te dejarán en evidencia. Por mucho que quieras enterrarlas bajo toneladas de vejaciones e injurias. El que más daño se hace, el que sale más mal parado en todo esto del odio, eres tú mismo. Quiérete más y trabaja, trabaja duro para ti mismo. Sólo así, podrás querer a los demás y no estarás solo.

Para todos aquellos que os preguntéis si el texto tiene algo que ver con algún suceso ocurrido recientemente en mi vida, la respuesta es sí. Pero ya estoy en otra cosa. Ellos solos se retratan. Y como dinero no, pero educación sí que tengo, me abstengo de dar nombres y señalar con el dedo. No va conmigo.

Besos, Petra

 

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